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La tortura de Fa

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  • ¿Dónde quedan aquellos años en los que los veteranos de la Banda Municipal de Música de Coca realizaban torturas a los novatos?.
    El joven principiante, a la fuerza, era introducido en la campana de la tuba de cabeza a cintura. La atronadora nota surgía de los pulmones de cualquier instrumentista que se prestara. El novato sentía un gran dolor en el tímpano por el petardazo de una nota grave y tenida. A la vez, escuchaba decenas de carcajadas que parecían salir de un lugar muy lejano. Por fín, el joven, era extraído de aquella cueva del infierno. Parecía haber pasado un siglo. Observaba aturdido, desorientado.., todos le rodeaban, parece ser que ya había concluido la famosa tortura de Fa, -"No ha sido para tanto"- decía como un gallito cuando recobraba la voz, pero, además de que la procesión iba por dentro, aquello no había hecho más que comenzar. -¡¡Prepararle para la jura del calcetín!! -Gritaba algún veterano quitándose su zapato.

    Esta fotografía fue realizada sobre una ilustración original de Ukidesign con motivo de esta historia verídica. Fotografiada en la Pecera (Madrid), el día 11 de octubre de 2013.

    ¿No veis que estoy loco?

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  • Me dispuse a dar mi grito ensordecedor diario. Estaba sentado en el atestado metro y solté el sonido "a" con una gran potencia. -No me miréis así, estoy loco- pensaba para mis adentros mientras notaba mis incontrolables gestos faciales. Entonces se me olvidaba todo al instante y me remontaba a mi oscura infancia visualizando a mi madre atándome con excesiva violencia en la cama. Esos pasajes de maldad estaban clavados en mi interior. Cada día, mi madre me perseguía en forma de recuerdos. En mi residencia me duplicaban las pastillas verdes por su puta culpa. 
    A los segundos me daba cuenta de que seguía sentado en el metro y una gitana rumana sin brazo pedía unas monedas. -¿No ves que estoy loco?- me volvía a decir a mi mismo. Pero la gitana, como si supiera lo que pensaba, ni siquiera me tendía su única mano como al resto de viajeros.

    Llegué a mi destino y anduve por el andén manteniendo una conversación con la Señora Arles y su mayordomo Guadalupo. Dos personajes que rodaban por mi cabeza y mantenían conversaciones muy interesantes. -Que sí, que hablo sólo, ¿no veis que estoy loco?,- pensaba ante la mirada de los transeúntes que caminaban junto a la vía del tren. Un momento, -¿a quién me recuerda?- me pregunté. Caminaba junto al andén y se iba a cruzar conmigo. Cada décima de segundo se parecía más. El sonido del tren también sonaba cada vez más cerca. Cuando estaba a dos metros se parecía tanto que no podía desperdiciar la ocasión, ¿y si fuera ella?. Esta vez mezclé los sonidos "a" y "u" en el grito más ensordecedor de mi vida; empujé a la mujer a la vía del tren. Me fijé en su rostro de pánico y en ese momento no se pareció en absoluto a mi madre. Ya era tarde. El tren la arrolló y los gritos de terror se hicieron eco en la seca acústica del metro. -Tranquilos- pensé - ¿no veis que estoy loco?-. Pero la voz de Guadalupo me contestó. -Jamás verás la luz del sol-. Y así fue.


    Esta fotografía la tomé el día 18 de octubre de 2012 en el metro de Madrid, ¿no veis que estoy loco?.

    Piñótico

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  • El otro día me encontré por la calle con Piñótico. Un peculiar joven pelirrojo de estatura media y ojos oscuros que se pasea por la plaza del pueblo durante gran parte del día. Suele caminar lentamente con sus dedos de las manos entrelazados por detrás de la espalda, justo por la zona de la rabadilla, como si se tratara de un viejo de esos a los que se les considera sabedor de latín.
    -Buenas tardes Piñótico.- dije sin apenas detener el ritmo de mi paso.
    -Te habrás fijado en que la templanza del vuelo de las golondrinas difiere del vuelo del vencejo. - me dijo sin más.
    Detuve mi paso y arqueé mis cejas sin saber a que que se refería.
    -Te crees menos inteligente de lo que eres.- añadió este joven mientras se rascaba la barbilla.
    Todo el mundo sabe que Piñótico es un chico muy especial. Se cree que vive en un mundo paralelo entre eruditos invisibles en una antigua e inexistente plaza griega. Tiene cierta obsesión con que proviene de una presocratica y distinguida familia Ateniense muy relacionada con el mundo de la filosofía y es muy dado a explayarse en el mundo de la plática profundo-trascendental.
    -¿Sabes si está abierta la panadería?- es lo único que me interesaba en aquel momento.
    Piñótico me miró como si mirara a un niño con un coeficiente intelectual extremadamente inferior al de la media. Yo lo miré confuso, buscando, dentro de mi escaso conocimiento, algo relacionado con golondrinas y vencejos. Su mirada cambiaba, paso a mirarme como cuando observas a una cucaracha recién aplastada en el suelo.
    Yo reaccioné de una forma extraña. Hoy en día, todavía no soy capaz de creer que todo aquello saliera de mi boca:
    -Es sorprendente que tomes la torpeza del vencejo frente a la vivaz agilidad de una golondrina para ejemplificar insinuando algo a lo cual no te aproximas en absoluto. Dicen sendas citas de Plaximenes y Oriobundo que ocho de cada diez hombres somos vencejos en sentido figural. Tú, pelirrojo de mente falciforme, ¿podrías tan sólo llegar a ser una décima parte de lo que eres?. O, lo que es lo mismo, ¿podría un vencejo volar desde el suelo después de haber batido sus alas durante miles de kilómetros cruzando varios continentes? Piñótico, sigue con tu fantasía, sigue siendo una golondrina.

    Piñótico me miraba boquiabierto, estaba completamente aturdido. No decía una sola palabra y entendí que se dedicaba a reflexionar sobre todo lo que yo había expuesto de manera inexplicable. -Igual mis antepasados también caminaban filósofando por una alguna plaza de Atenas- pensé mientras observaba a Piñótico de arriba a abajo. La cara de este pareció moverse. Yo seguí mirándole animado por darle un poco de su propia medicina. Piñótico tragó saliva. Aquella discusión prometía. En ese mismo momento parecía que se disponía a hablar:
    -Creo que si que está abierta.


    Esta foto fue tomada en Francia el 29 de Abril de 2012.

    Página 77

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  • Cuando mi mirada se detuvo en aquellos ojos apagados comenzó la cuenta atrás. Esta vez, me juré a mi mismo aguantar hasta el final, tendría que ser capaz de derrotar la inexplicable sensación de vergüenza que se siente cuando cruzas la mirada con un desconocido. Mi contrincante, una joven con tez pálida, boca de pato y vestido holgado parecía jugar a lo mismo. Sentada frente a mi, no dejaba de observarme. Uno, dos.., yo contaba en mi interior, ella parecía tomárselo en serio, ni si quiera se inmutaba. Aquello se hacía muy pero que muy largo, aún así, yo seguí concentrado. Mi mirada no se apartaría de aquellos inespresivos ojos que me taladraban por momentos. Cuatro, cinco.., yo seguía contando. Ambos ignorabamos al resto de viajeros que nos acompañaban en el vagón de metro.

    En el momento que ella apartó la vista de mi, un retorcido sentimiento sin sentido se apoderó de mi ser. La joven ayudada de su blanco bastón, salió del vagón no sin antes ponerse sus gafas de sol. Yo, abrí la página 77 de mi libro e hice que leí durante mucho tiempo, por lo menos y tirando por lo bajo, durante un quijote y medio.


    Esta foto fue tomada en Berlín el 6 de Enero de 2012.
    
    
    
    
    
    

    Manco

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  • Durante más de 15 años, cada mañana, acudía a mi puesto de trabajo con la rutina como principal protagonista de mi vida. Me sentaba frente a mi ordenador y extraía informes durante 9 horas de la mejor manera que sabía. 
    -Y tú, ¿quién eres?- dije la mañana en la que que me encontré sentado en mi lugar de trabajo a un pequeño hombre regordete con cara de pan, un lunar en la mejilla y al que le faltaba un brazo. El hombre me miro y antes de que me pudiera dar una respuesta apareció mi jefe por detrás de mi. 
    -Perdone, se me olvidó decírselo ayer, está usted despedido. 
     Yo no tuve capacidad alguna de reaccionar, por lo que después de firmar varios papeles que justificaban la conformidad con una indemnización irrisoria, me dispuse cabizbajo a avanzar hacia mi casa para informar a mi mujer de tal trágica noticia. Después de deambular por la cocina, el salón y la terraza del patio buscando sin éxito a la mujer con la que llevaba casado más de 20 años, me interné en el dormitorio. En ese mismo lugar, mi mujer desnuda, permanecía abrazada a un pequeño hombre regordete con cara de pan, un lunar en la mejilla y al que le faltaba un brazo. -¡Pero que es esto!- grité con todas mi fuerzas. Pero aquellos parecían no verme y comenzaron a copular con la pasión de dos jóvenes enamorados. Corrí hacia la cocina velozmente y me abrí una cerveza. Me senté en mi sofá mientras oía las voces que salían de mi habitación. Aquello no me podía estar ocurriendo. De repente me vino a la cabeza; son las 22:00, hoy es 25 de mayo. Hoy es la final de la copa del rey de fútbol. El Barsa y el Bilbao. Subí el volumen del televisor y fui feliz, fue un gran partido. 

    Esta foto fue tomada el día 26 de abril de 2012 en la muy familiar boca de metro del Barrio del Pilar (Madrid).
    (c) Copyright 2011 Plasmado.