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Repentinas palmadas verticales

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  • Por las estrechas y escarpadas calles olía especial. Era la hora de comer y a través de las ventanas de los hogares de un pueblo de cuyo nombre no me puedo acordar, salían aromas de supuestos y suculentos guisados que se nos antojaban muy apetecibles. No obstante, con el hambre en los talones, nos castigamos al son del ruido de nuestros estómagos buscando un lugar donde se pusiera en práctica el arte de la henna marroquí.

    Así, resumiendo; la henna es una planta de la cual se obtiene un tinte natural que se emplea para la realización de indoloros tatuajes temporales que decoran el cuerpo.(Véanse las manos de la mujer del pañuelo).
    Preguntando a los pueblerinos encontramos la vivienda de unas personas que se dedicaban a realizar bellos dibujos en la piel. Accedimos a este hogar donde cuatro mujeres y una niña parecían muy emocionadas con nuestra visita. El olor que anteriormente nos había puesto los dientes largos se intensificó. Pero esto fue más allá; en pocos minutos el olor se materializó. Varias cazuelas de barro llenas de carne, salsa y verduras fueron colocadas en un santiamén sobre la mesa camilla de la habitación donde nos encontrábamos. Las mujeres comenzaron a hacernos gestos animándonos a que comenzáramos a comer. La invitación había sido natural, espontánea e inesperada. Enseguida comenzamos a imitar al milímetro a las anfitrionas. Sin cubierto alguno, nos ayudábamos con trozos de una rústica hogaza de pan. Introducíamos nuestras manos en las sustanciosas cazuelas pringando todos nuestros dedos. Las mujeres sonreían y comían con nosotros. Nos servían refrescos gaseosos de color anaranjado. Se las veía felices y hablaban, sabe dios de que, entre ellas. Cuando acabamos de comer prepararon té y, sin más, como si de una obligación se tratara, comenzaron a cantar al unísono. Reían y en ocasiones se tapaban la boca, pero casi al instante perdían la vergüenza y se volvían a meter en sus canciones.

    Algo que jamás olvidaré de este pasaje fue el comportamiento que tuvieron estas cinco mujeres ante mi cámara de fotos. Por aquella época, todavía no estaba de moda la fotografía digital. La situación lo dejaba claro. Era evidente que se trataba de la primera vez que estas experimentaban algo así; Cuando tomaba una foto, las cinco mujeres se abalanzaban sobre mí para observarse así mismas en la pantalla digital de la máquina. No daban crédito de verse en ese mismo instante. Se reían y gritaban como locas. Para ellas, la pequeña pantalla era un espejo mágico, algo que no habían visto jamás. Aquella tarde, en esa humilde morada, hubo un importante trafico de valores. Hospitalidad, adaptación, armonía, igualdad, fraternidad... Compartimos costumbres, vestimentas, formas de reir, de mirar, de comer y lo mejor, nos comunicamos sin una sola palabra.

    Entre flashes y tés, la sobremesa se alargó y las mujeres continuaron cantando y dando palmadas verticales. El palmoteo no era a la española, como te podrías imaginar al típico flamenco que acompaña una bulería, una soleá o una alegría. En el choque entre ambas manos, cada uno de los cinco dedos coincidía con el correspondiente de la otra mano. Curiosa forma de palmear. Las imitamos hasta donde pudimos. Eran rápidas y rítmicas.

    El cometido, la henna, en algún momento se había impregnado en la piel.


    Esta foto fue tomada el día 10 de Octubre de 2004 en algún pequeño pueblo de Marruecos.
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