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Conteo en Sachseunhausen

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  • Fue a las 4 de la madrugada. Aquél recuento fue uno de los más duros que se habían realizado en el campo de concentración Sachsenhausen, situado a 35 kilómetros al norte de Berlín. Aquella fría noche, la temperatura descendió hasta los 30 grados bajo cero.
    Mientras que casi todos los concentrados se alineaban en la gran explanada, frente al reloj de la balconera principal del campo, algunos de ellos yacían sin vida en sus infrahumanos lechos. Fue entonces cuando los cigarros de los abrigados soldados de las SS, como libélulas ensangrentadas, se suspendieron en el húmedo ambiente de los mugrientos barracones. Los doberman ladraban ansiosos. Estos participaban en la búsqueda de los anónimos humanos renombrados como números; los responsables de aquella interminable y gélida espera en la explanada. Al final, después de una larga búsqueda, todos los no dispuestos en el recuento fueron hallados. Algunos escondidos, los que menos. La gran mayoría había dejado de respirar por el desgaste del incesante trabajo, el hambre, las enfermedades, la sed o la pena. Esta última, fue una de las causas que más muertos dejó en aquel lugar.
    La luna se encargó de iluminar a un regimiento de enclenques desataviados. Desde lo alto de la torre, el cañón de luz artificial recorrió las filas ayudando a que el conteo fuera lo más preciso posible. No podía faltar nadie. Algunos comenzaron a caer al suelo derrotados. Otros cerraron los ojos y dejaron su mente en blanco..., o quizás en negro. El frío atravesó la poca carne de aquellos pobres llegando hasta sus huesos. Los calambres hicieron mella. Los tembleques y las tiritonas fueron generales. Algunos gimieron, otros lloraron pero en realidad ninguno sintió miedo. Aquella sensación había desaparecido de sus mentes. Ya nadie sentía terror. Eso era solo para hombres, para personas..., no para un conjunto de entes deshumanizados.
    Desde uno de los barracones se inició una progresión que comenzó con los ladridos incesantes de los doberman. Seguidamente un disparo seco hizo que el tiempo se detuviera en Sachsenhausen. Hubo un largo silencio…un eterno silencio. Nadie se inmutó. Las filas no se rompieron lo más mínimo. No se oyó absolutamente nada durante varios minutos.
    Después de dos horas en la misma posición, eran decenas los que se encontraban tirados en el suelo. Los que estaban muertos habían acabado por fín con todo aquello. Otros, los más fuertes, habían salido corriendo hacia la zona neutral donde se encontraban los alambres electrificados. Quisieron poner fin a su pesadilla, pero los suicidios, a los siervos del führer, no les hacían mucha gracia. Estos demonios personificados se habían encargado de bajar la tensión de las vallas eléctricas para que estos experimentaran el dolor más horrible que jamás habían sentido en sus cuerpos.
    Cuando aparecieron los primeros rayos del sol, una grave voz dio la orden de que comenzar con la jornada de trabajo. El conteo había concluido. El cambio de turno en el personal del campo de concentración se hizo efectivo. Los concentrados tenían que continuar. Aquél día se les presentó muy duro, no tomaron ni siquiera su turbia agua teñida de café que se hacía llamar desayuno. Aún les quedaban trece horas de duro trabajo sin descanso alguno. Los que aguantaran y acabaran con vida, serían recompensados con una sopa de rábanos a última hora del día. Pero eso todavía quedaba lejos. Los cuerpos de los concentrados se arrastraron cabizbajos hacia el área de “trabajos forzados”. Caminaban de forma automática. Quizás pensaran en el pasado. Aquél lejano paraíso en el que tenían un nombre, una familia y una vida que vivir.
    Una hora más tarde, parecía que la temperatura había subido un poco..., pero solo lo parecía, porque en ese lugar treinta grados arriba, treinta grados abajo, era una insignificante e inapreciable minucia.


    Es impactante visitar a un lugar como este. Un lugar donde se ha generado tanto dolor y tanta muerte. Donde hombres han sido maltratados y asesinados arbitrariamente por otros de su misma especie. La causa: el simple hecho de, equivocada a la par que falsamente, creer que eran inferiores. Una desgracia para la humanidad. Algo que no puede volver a suceder.
    Cuando pisas un lugar como este y te cuentan en primera instancia la historia con detalles incluidos, estoy seguro de que en la mente, inconscientemente, se sufre una alteración. Internamente se comienza a razonar de otra manera. Desconozco a qué nivel. Creo que no sabría explicarme aunque lo intentara. Pero es evidente que la parte encargada de comparar y razonar percepciones sufre una metamorfosis. Algunos valores de mi mente han despertado de un largo letargo.
    Me encantaría tener la capacidad de no dejar de aprovechar los momentos vitales mientras pueda, porque a veces…, es literalmente “imposible”.

    Esta foto fue tomada el día 4 de Enero de 2012 en el campo de concentración Sachseunhausen en la localidad de Oranienburg, Alemania.
    (c) Copyright 2011 Plasmado.