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Hablar sin hablar

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  • Ya en la puerta, una señal nos advertía que en debíamos de tener cuidado; parecía que en el interior se abusaba del cigarrillo. Nos adentramos en un bar de parroquianos checos que se asemejaba más a un tugurio del viejo oeste que a un bar del siglo XXI. La niebla originada por la nicotina y un olor entre fétido y añejo nos dieron la bienvenida a la Praga profunda, a la auténtica República Checa, donde los lugareños reinaban y el turista escaseaba. Donde primero se bebía y luego se pagaba. Donde las mujeres reían y los hombres hipaban. Las mesas de madera eran alargadas. En ellas se compartían gestos, brindis y miradas. Todos eramos humanos, que casualidad. Porque, no nos importaba que no habláramos el mismo idioma. Porque, al fin y al cabo, tomarte una cerveza con un lince ibérico, con una abeja o una trucha común no es tan diferente a tomártelo con uno de tu especie. Igual parece una tontería, pero piénsa en las diferencias entre tomarte una cerveza con un Checo cerrado que no habla tu idioma o tomarte una cerveza con un corzo salvaje criado en los Pirineos. Quizás no haya una diferencia sustancial. ¿Qué le dirías a un checo que no le puedas decir a un corzo?

    Pero vayamos a lo ocurrido en esa mesa compartida. Dos mujeres y dos hombres. Una de ellas, de abuelos gallegos, sabía decir a la perfección 2 o 3 palabras en castellano. La otra, aunque aparentemente latina, era de descendencia asiática y sabía saludar malamente en inglés. Sus dos respectivos acompañantes eran de por allí. Uno de ellos dicharachero y el otro, en contraste, reservado y aparentemente tímido. El claro denominador común de los cuatro: la cerveza.

    Si en República Checa finalizas una cerveza y no pones el posavasos sobre la jarra, copa o recipiente en cuestión, los camareros no tardan en interpretar que quieres más bebida y sin preguntar, te sirven otra consumición. Esto se repetía en cada bar que visitábamos.

    Pero volviendo al antro donde nos encontrábamos, el que colocara en lo alto de su jarra un posavasos, no era más que un cobarde. Los camareros no daban abasto. Un hombre con cara de malas pulgas se encargaba de tirar la cerveza de un viejo tirador que parecía haber salido de la postguerra. Varios repartían las jarras sin dejar de observar las mesas. A nadie le podía faltar cerveza. En el interior del cráneo de un bicho con cuernos que estaba colgado en la pared, una bombilla roja se encargaba de dar uno tono rojizo al ambiente. Pero no me iré por los cerros de Praga. Volvamos a nuetra mesa, lugar donde nos tomamos unas Pilsen frescas que nos ayudaron a mantener una original y espontanea conversación sin palabras con los lugareños de nuestra mesa.

    Todo comenzó con Dolores Ibárruri. Ellos vieron a esta figura como el único vínculo que tenían para relacionarse con nosotros. Como era imposible comprenderlos, les pasamos un papel (imagen superior), en el que pusieron el nombre de esta histórica Española. Seguidamente entre dibujo y dibujo nos preguntamos edades y nos reímos en general sin saber muy bien de qué y por qué. A todo esto, las Pilsen estaban frescas y ricas. Nos fotografíamos, brindamos, chocamos y apuntito estuvimos de abrazarnos. En la fotografía se puede apreciar (IN).., esto debe ser la abreviatura de alguna unidad de medida Checa. Cada uno que saque sus propias conclusiones.
    Esa tarde, ese rato, esa felicidad no es justo que no se plasme... ¡que nos quiten lo no hablao!

    Que no os quepa la menor duda:  hablar sin hablar. es mejor que hablar por hablar.

    Esta foto fue tomada el día 6 de abril de 2012 en el mismo lugar donde se ha expuesto este pasaje.
    (c) Copyright 2011 Plasmado.