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L’évasion du cheval

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  • La mañana del 20 de septiembre del año 2010, la gaceta Le Parisien lanzó un titular que todo el mundo recordará y que a nadie dejó indiferente:
    “Como lo que ve un ciego de reojo, un tiovivo quedó cojo”.

    La noticia corrió como la pólvora. Nadie parecía creerlo, pero en Francia y en el mundo entero, no se hablaba de otra cosa. El carrusel que se encontraba bajo la Basílica del Sacré Cœur, en el barrio parisino de Montmartre, estaba incompleto. Faltaba uno de los elementos sobre el cual los niños se empapan del sinsentido que supone girar sobre un mismo eje al son de una melodía electro-antigua. Un caballo de madera, increíblemente, huyó de este famoso tiovivo. Por su propio pie, galopó durante varias horas por las calles de París. Saltó, trotó, brincó e incluso testigos presentes llegaron a decir que voló. Medio mundo reía y otro tanto meditaba. Una recompensa se barajaba para el que atrapara el rocín que escapaba. Había que resucitar un tiomuerto. Había de buscar a un jumento. Los niños se armaron de valor y salieron a las calles en busca del caballo. Los padres de los niños, enfadados y preocupados, salieron a las calles en busca de sus hijos. Abuelos, perros y hasta rojos carpines en vidriosas peceras se pusieron en búsqueda y captura. Todo ser viviente salió a la calle para buscar a este animal de madera. Los ricos, los pobres, los pájaros y varios elefantes de un circo galés muy elegante. Las monjas, los turistas y los panaderos. Los que tenían fiebre y los que necesitaban dinero. París fue un auténtico caos. El despliegue más grande de la historia no tuvo éxito ni gloria. En una semana comenzó a llegar la tranquilidad y París se dio por vencida. El caballo desapareció y jamás dio señales de vida. Nadie tiene indicios de lo que fue de él. En la actualidad, aunque parezca mentira, todavía conozco a gente que cree que la historia es falsa. Me sorprende que aún teniendo en sus morros la clásica y conocida foto del caballo volando junto a la torre Eiffel, haya personas que lo sigan poniendo en duda.

    “Fue algo grandioso. Busqué un sentido e intenté localizar algún alambre que lo moviera desde lo más alto de las nubes, pero no.., aquél caballo de madera volaba”
    Aloïs Blanc, 35 años

    “Todavía tengo grabado aquél sonido del trote sobre el asfaltado. ¿Y el olor?. Aquel caballo olía a algo indescriptible”
    Alan Bonnet, 59 años

    “Lo señalé con mi dedo y mis otros tres dedos me señalaron a mí. Me restregué los ojos, pero cuando miré a mi alrededor y vi a todos los viandantes observando en la misma dirección me emocioné tanto que meses después todavía se me pone la carne de gallina”
    Cyrine Petit, 23 años

    Pasear alrededor de la Torre Eiffel, es toda una experiencia. Cuando te sitúas bajo el monumento y alzas tu cabeza para observar el mamotreto de hierro, varios hindús se precipitan ante ti mostrándote réplicas de la torre en diferentes tamaños. Los precios, a priori altos, tras una negociación de principiante, te los medio regalan. Pan de cada día es que aparezcan atléticos policías en bicicleta. En ese caso, los vendedores clandestinos huyen despavoridos dejándose sus mini torres por el camino. Cuanto más se esconde el sol, mayor es el sonido de los timbales. A lo largo de la tarde, se suman percusionistas que improvisan alegres ritmos bailables que se pueden escuchar desde la periferia de la Torre Eiffel.
    El día 20 de Septiembre de 2010, desde uno de los muchos bellos ángulos de la torre, observamos un caballo de madera. A gran velocidad y sin perder un segundo, realizamos diferentes fotografías, entre ellas, este preplasmo. Sin duda es una de mis fotografías favoritas…su nombre: “L’évasion du cheval”, en castellano “La huida del caballo”.
    (c) Copyright 2011 Plasmado.